7/12/09

Relevo.

Hoy tiño mis pupilas de un gris
que se asemeja al de aquella nube impertinente.
El invierno ha tomado el relevo
y se acomoda en los tejados.
Después vendrá la nada,
con su hipócrita costumbre de permanecer
sin existir,
de existir permaneciendo en mí.

Llueve en esta ciudad de desencantos.
Llueve sin ti, mon enfant.
Ojalá sepamos distinguir hoy que
sólo quien busca más allá de la lluvia
que golpea los cristales
obtiene su recompensa.




Victoria Mera.

6/12/09

Preparez vous mouchoirs.





Me cansan mis ficciones
y este teatro de lo absurdo.

Alguien ha cerrado el telón,
pero nadie tiene en cuenta,
que cuando las luces se apagan
y la magia se esfuma,
siempre hay algún espectador
que llora desconsolado en la ùltima fila.

Preparen sus pañuelos.



Victoria Mera.

3/12/09

Noticias.


Un hombre ha asesinado a su mujer
a golpe de besos.
Los políticos cantan
y Chavela Vargas brinda
por el fin de las guerras.
El hombre del tiempo anuncia
precipitaciones de susurros
en el sureste de tu cuello.
En la sección de deportes,
un buceador, que en lugar de escafandra
luce una pajarita amarilla,
ha cruzado el Sáhara en 19 segundos.
Bonoloto: un único acertante.
Opción a escoger entre la caja sorpresa
o un viaje a la luna.




Victoria Mera.

2/12/09

...

He perdido el norte en el sur de tu cuerpo.




Victoria Mera.

El cielo del norte.





El cielo se ha vestido de fiesta,
guirnaldas y faroles
anuncian ya tu regreso.

Los relámpagos del cielo del norte
han preparado un espectáculo de luces
seguido de un brindis con estrellas.

Saturno tiembla a lo lejos
y en la tierra,
violines y truenos
ofrecerán esta noche un concierto
sólo para los dos.




Victoria Mera.

Guantes blancos.

Por qué voy a tener que andar escogiendo mis palabras, manipularlas con guantes blancos, acariciarlas detrás de las orejas y arrastrarlas con dulzura al papel. Por qué no vomitarlas, expulsarlas de mi cuerpo en un grito seco, mandarlas a paseo.

Si aquí es la luna mi custodia y ni tú, ni ese, ni aquel que me mira fijamente existís. En estas cuatro paredes estamos yo y mi papel en blanco. Yo y mi mano. Yo y mi pluma de tinta negra. La misma que va dejando hormiguitas en forma de consonantes y vocales esparcidas por la habitación.

Pero anda que no me voy lejos… Saco una idea del baúl de la memoria y me vienen cientos de ellas. Parece que vinieran unidas, que las pequeñas ideas se aferran con toda su fuerza a la idea central, la idea madre. Y mi mente la incubadora. Y mi boca el paritorio. El asunto es que se pueden parir las ideas con dolor, esto es, a gritos, o también dulcemente, esto es, en susurros. Y esta noche me parece que se viene una de gritar hasta que la garganta diga basta y el alma empiece a tener vértigo.




Victoria Mera.

Pecados capitales, I.

Soberbia tiene nombre de travesti
de labios rojos y tristes ojos.

De altos tacones
y cortas esperanzas.




Victoria Mera.

Libertaria.

No quiero ser libertaria en sus pasiones,
adormecer con nanas lujuriosas entre sus brazos
para despertarme y darme cuenta
de su ausencia en mi almohada.

Jamás pedí esto, es decir,
la nada disfrazada en el todo,
el todo convertido en nada.




Victoria Mera.

Primer mandamiento: de lágrimas.

“Queda prohibido llorar sin aprender.”
Pablo Neruda.



No llorarás en vano, mujer.

Que cada lágrima que brote de ti
se convierta en manantial de satisfacciones.

Que rieguen las tierras yermas
para que nazcan nuevos sueños
y las pesadillas queden,
por siempre,
bajo tierra.

Que cada gota ahogue tus temores
y no existan salvavidas
a los que aferrarse en un intento
de tener algo entre manos,
aunque sea miedo.

No llores en vano, mujer.
Nada merece la pena,
sólo el llanto encontrado.



Victoria Mera.

Queja personal.

Como queja personal
diré que - dos puntos-
tengo los pies fríos,
el corazón ausente
y un pensamiento
revoloteando entre mis dedos.

Podría añadir que mi ropa ya no huele a ti
y que mi cama se me antoja grande.

Por no hablar de la soledad,
bastardo sustantivo
que me acompaña en estas horas de tu ausencia.

Pero creo que como primera queja,
en este invierno que comienza,
no lo he hecho nada mal.




Victoria Mera.

Volar.


Volar contigo había sido siempre un ejercicio de alto riesgo. El día que se nos quedó enganchado el paracaídas en la lámpara de tu dormitorio casi morimos de risa. El riesgo no se traducía en miedo a que nos pasara algo y que sin querer chocásemos contra la alfombra en un aterrizaje forzoso. Dolor, risas, ¿estás bien? Uy, casi lo logramos. El riesgo, amore, era que en uno de nuestros saltos, se desprendiesen los nudos que nos ataran y quedásemos volando solos, sin frenos ni prismáticos, en los cielos de tu habitación. Te escribiría, amor, ya lo creo que lo haría. Te mandaría cartas escritas en aviones de papel que volarían hasta ti. Te buscaría, de estantería en estantería, debajo de tu cama, en algún cajón. Cuando por fin te encontrase, te besaría los párpados y te ataría tan fuerte a mi cintura que estoy segura de que la próxima vez que volviésemos a volar no habría accidentes en los que perderte. Pero quién sabe, siempre nos gustaron los deportes de riesgo y el caso es que perdernos y encontrarnos en la misma habitación es una reconciliación tan nuestra que esta noche estoy dispuesta a saltar de nuevo. ¿Me das tu mano?




Victoria Mera.

Cuida las palabras...

¿Por qué este horror a las perras negras?

Julio Cortázar.



Cuida las palabras que me dedicas,
acarícialas con esmero.

Aliméntalas con la verdad,
adornálas en ocasiones,
otras,
dámelas desnudas.

Ofréceme tus palabras,
quiero oírlas todas.

Pero cuidado,
no olvides nunca que me hieren.



Victoria Mera.

Grandes misterios de la gramática, I.

¿Tomarán precauciones las conjunciones copulativas?

¿Copularán las demás conjunciones?

¿De dónde vienen las frases?




Victoria Mera.

Pretérito imperfecto.

Somos pretérito imperfecto, mi vida.
Para ser perfectos
sólo nos falta
este presente que no compartimos.




Victoria Mera.

Al alba.

La noche teje inútiles telarañas
para sostener nuestros deseos.

Al alba, cuando ya no te busque,
vendrán los cantos de mirlos peregrinos
a posarse en mi ventana.

Qué absurda imposición la de relegar,
de astro en astro,
tu carencia.

En la luz más oscura, soledad,
volveremos a vernos las caras.




Victoria Mera.

La lenta máquina del deshacer.

"y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo"
(Julio Cortázar)


No sé, supongo que poetas ya hablaron
de desencantos.

De esa lenta máquina que deshace
lo que un día creímos tener entre manos.

Qué sé yo,
este café,
aquel cuadro,
tus labios.



Victoria Mera.

Alicia en mi país sin maravillas.

"Cuando yo uso una palabra
quiere decir lo que yo quiero que diga,
ni más ni menos."

Humpty Dumpty.



¿A través del espejo,
Alicia,
qué mundos veías tú?

Por más que me empeño,
el espejo sólo me devuelve
el reflejo de esta realidad inalterable.

Y ni si quiera tengo algo que celebrar.

No es mi cumpleaños
y hace tiempo que olvidé festejar los días impares.

Eso sí, yo también me siento diminuta,
pero nadie me da la hora equivocada
y no tengo consciencia de saber
el camino de regreso a mí.



Victoria Mera.

Mi república.

Supongamos que escojo
el camino que lleva a tu lunar
y decido, firmemente,
instaurar mi república en él.

Dime, ¿qué ocurriría?




Victoria Mera.

Jaque mate.

Mueves tú la ficha o la muevo yo,
pero este jaque mate,
afortunadamente,
no tendrá víctimas.

Nos pusimos en lo peor,
pero aún sé como deshacer el tiempo
y recuperar mis movimientos.

La partida sigue en pie.

Y quiero seguir jugando contigo.




Victoria Mera.

La tranquilidad.

La tranquilidad de esas partículas de nada, o acaso de ti, bailando un vals con este indiscreto rayo de luz y con el humo de mi cigarro, en esta habitación que ya nada sabe de mí, ni de las palabras que no me atrevo a pronunciar…






Victoria Mera.

Tejo.

Asustado,
recoges los naufragios
de veleros fantasmas
sin nombres ni puertos.

Vienen a ti,
de épocas pasadas,
rumores que tropiezan
con el malecón
y ya de nada sirve
sentirse en paz
frente al redentor
si el pasado se aferra a tus aguas calmas
como mis días a tu recuerdo.







Victoria Mera.

La huída.

Hablé de frío.

Llovía en Lisboa
y a lo lejos,
cantos del cierzo.

Hablé de un imposible.

Volviste arropándote el alma con la bufanda
y los bolsillos repletos de mi memoria.

Nunca supe si realmente era invierno,
si regresabas para quedarte en mí
o si ya tenías planeada la huida.

Han pasado varias noches desde tu ausencia
y ya nada temo.




Victoria Mera.

(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010).

Permaneces en mí.

Compongo palabras,
frases,
versos,
poemas.

Sin embargo, soy incapaz de componer tu rostro.
No al menos por escrito.

Rastreo tus facciones con mis manos
dejando lo que para mí eres en el tacto.

Toco, siento, acaricio.
Pero no te recito.
No puedo escribirte.
Estás más allá del papel.
Sólo quedas en mis manos.
Permaneces en mí.



Victoria Mera.
(a A.M)

El rumor de esta ciudad
los tejados
los árboles
los cafés
los viandantes
los quioscos
la prensa
la biblioteca.

La letanía de este otoño perezoso,
las cosas más banales
me devuelven cada día
la ausencia de tu cuerpo.

Ese hilo de voz entrecortado,
ese dejarse arrastrar por el sueño.

Y cuando camino por las aceras
el único consuelo que me queda
es el saber que te fuiste
queriendo irte, queriendo no existir ya.



Victoria Mera.

Escribo.

Escribo para reconocerme en un futuro.

Saber que fui incertidumbre,
que maldecía la seguridad de la sintaxis
y que temía al mismo miedo.

Escribo, supongo, para el olvido.

Saber que cada palabra curaba una herida,
que no existía más ley
que la del temblor de mis manos.

Escribo y hablo quizás desde el futuro
y desde el olvido.

Escribo en presente porque el pasado
es un tiempo que se prolonga, inexorable,
en un futuro que no entiende
de sentimientos ya caducos.



Victoria Mera.


(Poema publicado en la revista literaria "El coloquio de los perros", nº28, 2011).

Te recuerdo.

(A Ángel Mera)

Te recuerdo y me debato
entre la memoria y el olvido.

Sólo yo conozco mis motivos
tan justificados y justos
como el sonido indeleble
de aquella noche de otoño.

Sin embargo, no elijo el olvido.

Llevo tan dentro tu memoria
que sería inútil querer olvidar tus palabras,
aquella imagen.

Caminaremos de la mano
en esta ridicula pugna
de tentativas imposibles.

Miento.
Ya no lo intento.
Ya estamos en camino.




Victoria Mera.

(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010).

A.M

(a A.M)

El miedo que me produce imaginar
que algún día pueda pronunciar tu nombre
y no seas tú quien me responda,
quien me busque tras las gafas,
quien me sonría tras un libro.

El miedo, el horror,
de pensar que algún día
no podré nombrarte con la palabra
con la que sólo tú podrías responderme.

Solo tú. No hay nadie más aquí.
Somos tú y yo en estas líneas.
La caricia de nuestras manos.
El frío de aquella habitación.
El miedo… el miedo a lo sucesivo.

No hay nadie más aquí.
No hay (-y sé que miento-), nada más aquí.



Victoria Mera.

El lienzo de tus días.

(a Ángel Mera)

Ira del lienzo blanco que te cubre.
Un lienzo en el que quisiera yo pintar
el remedio que te calme.
La cura de lo imposible.

Ira de pura impotencia
contenida en estas manos
de puños cerrados y heridas abiertas.

Qué más quisiera yo que una paz
se colase esta noche por tu ventana
y te arropara el alma, te cerrase los párpados.

Tranquilo, duerme.
Mañana pintaré más días en tu lienzo.




Victoria Mera.

Crimen.

Si me rindo en la deshonra de este crimen perpetrado
no habrá poemas para describir
el vacío que dejaste.

Reitero lo que nunca dije,
porque más allá del silencio no queda nada
en esta habitación.



Victoria Mera.

Qué me van a contar a mí las palabras.

Qué me van a contar a mí las palabras
si gerundio no está gerundeando,
si el verbo no es res sin verba,
si el predicado no predica la ausencia
de un sujeto que no es capaz de sujetar la calma
que buscan mis manos.

Si la preposición no esconde proposiciones indecentes,
si el adjetivo no califica lo que pienso,
si el sustantivo, esta palabra,
no es más que un tremendo eco
que golpea contra este papel en blanco
y me devuelve una nada más vacía
que mi absurda creencia en las palabras.




Victoria Mera.

(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010 y en la revista literaria Generación Espontánea).

Servicio de habitaciones.


Después de esta lluvia inesperada, mi amor,
nos esconderemos en la furia de lo inevitable.

Arrastraremos, cansados, nuestros pesados cuerpos
hacia el vacío de cualquier habitación de hotel.

Adornaremos las paredes
en esta necesidad fugaz de hacer nuestro lo ajeno.

Confundiremos nuestras torpes manos con las sábanas.
Mi cuerpo, en tus ojos.
Mis ojos, empapados.

- ¿Servicio de habitaciones?

- Sí.
- Súbanos un paraguas.
Aún llueve aquí dentro.





Victoria Mera.

(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010).

Contradicciones.


No tengo nada que decir.

NADA.NADA.NADA.

Y sin embargo, nada digo.




Victoria Mera.

Tres minutos.

No me pidas explicaciones, tú, que clavas tu pupila becqueriana en la mía atravesándome hasta el alma. Me resultaría más fácil enumerar todo lo que no sé darte que imaginar lo que podría llegar a darte en una vida entera. Pero ni siquiera me atrevería a hacerlo porque me bastan unas palabras de tu boca para olvidarlo todo. Tabula rasa. Papel en blanco. Yo tu títere y tus palabras los hilos. Y cuando hacemos el amor, o él nos hace, es un baile macabro porque yo ya no soy yo. Fíjate bien. Sólo tres minutos y todo vuelve a comenzar. Me lleno. Soy toda orgullo. Y ya no quiero nada. No te quiero a ti, ni a la lengua que recorre mi espalda. Entonces me pides perdón, me preguntas que por qué soy así. ¿Sabes qué? Cuando intento responderte, tus perdones tropiezan en algún lugar de esta cama con mis intentos de explicar algo que no logro entender bien. Huyen por la ventana. Se van por la chimenea. Se acurrucan debajo de la almohada. Y nos quedamos con las ganas de saber si. Pero fíjate. Sólo tres minutos, tres y la espiral sigue su ciclo. El día que dejes de quererme porque no sabes bien por qué me quieres, voy a levantar mi almohada y volarán todas mis palabras hasta donde quiera que estés. Por primera vez tendrás motivos. No tendrás más remedio que volver a mí.




Victoria Mera.

Alea jacta est.

La suerte está echada, cariño.
Echada a perder.
Dejé de creer en los horóscopos
el día en que leí
“hoy serás feliz”.

Imagina cómo acaba el resto.

Por eso cuando abro un periódico
ya no leo los horóscopos,
paso directamente a la sección de esquelas.

Por si acaso reconozco mi nombre.

Quién sabe.

La suerte está echada.




Victoria Mera.

(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010).

ET CETERA.

Las cosas restantes.

Un largo etcétera.

E

T

C.

Sería grandioso poder decir,
“Te quise, pero ETC.”
Y que ese etcétera no necesitase explicaciones.
Y que tú lo entendieses.
Y que las cosas restantes,
por lo general,
el quid de la cuestión,
se resumiesen y asumiesen en un jodido y largo ETCÉTERA.



Victoria Mera.

(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010).

Coloquio de los pocos cuerdos.

Panero dice que certidumbre.
Yo digo que sí,
que tener la certeza
de lo incierto
debe ser lo que nos une.
Y no el libro
y no el verbo
y no el cigarro
y, desde luego, no la duda.




Victoria Mera.


(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010).

Palabra de atea.

Una palabra tuya
bastará para calmarme.





Victoria Mera.

Bukowski tenía razón.

"Nadie encuentra jamás al otro".
C.Bukowski


Bukowski tenía razón,
la carne busca algo más que carne.
Algo más que una cama cualquiera
y un rostro sin nombre.

Porque todo sigue llenándose
y nosotros, cada vez,
más vacíos,
más solos,
más tristes,
más locos,
más enfermos.

Parece que la carne sigue buscando carne
y el resto es asunto de olvidos y tumbas.
Como aquellas que decías que se llenaban, Bukowski.

Sí, pero,
¿A nosotros quién nos salva?




Victoria Mera.

(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010).

Eros.

Eros desmitificó la Biblia,
sagrada escritura del entretenimiento,
con una sola pregunta.

Si Dios es amor,
¿Quién coño soy yo?




Victoria Mera.

Hola Darwin.

La ventaja de andar sin rozar el suelo
es que no me ensucio las suelas de mis zapatos,
no tropiezo con nada ni nadie
y voy volando, ligera, a realizar mis quehaceres.

La desventaja es, quizás,
que ir rodeada de nubes no me ayuda,
en absoluto, a tener la cabeza en su sitio
ni a poner los pies en la tierra.

Los pájaros de mi cabeza están contentos con esta situación.
La realidad, la muy puta, me recuerda cada día
que si los hombres nacimos sin alas
no debería yo empeñarme en desafiar las leyes de la naturaleza.







Victoria Mera.

Deméter contra Hades.

Hay un poeta que dice
que cantarle a la muerte
le da la vida.

Y hay un poema que dice
que aquel poeta murió
de sobredosis de vida.




Victoria Mera.


(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010).

Verano, 3 AM.

Fumo mucho.
Bebo mucho.
No hago el amor tanto como quisiera,
ni follo lo que debiera.
Callo más de lo que digo,
aunque a veces digo lo que debería callar.
Sigo buscándote en las calles,
en mis manos,
en mi boca.
Sonrío poco.
Hablo menos.
Me desagrada mucha gente.
No sé disimular,
tampoco es que quiera.
Hago daño a quien no se lo merece.
Espero que llegue el porvenir, como Ángel.
Pero espero que vengas con él.
Y entonces, de repente, me doy de bruces con la realidad. Una buena hostia, digamos.
Porque sé que yo tengo que cambiar y que tú no vas a volver.




Victoria Mera.

Piedad.

Irreverente tu canto, piedad,
que lanzas al aire en un engranaje de nubes grises.

Pietà
, como la del maestro,
como el epitafio que te desdibuja.

Piedad, tienes nombre de poesía
o acaso lo eres,
y nosotros,
oh, blasfemos.

Mira en lo que has quedado:
Yo pido piedad.
No eres más que bagatela,
Fútil clemencia de don nadies desconsolados.




Victoria Mera.

(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010).

Motivos.

Hay que dejar que salga la incertidumbre en forma de poesía,
la certeza en prosa,
y la nada,
y el vacío,
que sólo salgan en forma de epitafio.



Victoria Mera.

El reloj.

Aletargada, mi mano en tu espalda, dibuja un reloj sin manillas.

Dueña de las caricias, mi mano, desbibuja este adiós.
No lo nombra, no lo quiere.

Porque adiós es una palabra fea en tus labios,
en tu espalda,
en mis manos.
Una palabra, nada más.

Adiós no existe si no lo pronuncias.

No digas nada.

Dibújalo en mi espalda con tu lengua.



Victoria Mera.

Es irremediablemente...

Es, irremediablemente, la luz de la luna.
El sudor frío resbalando por mi frente.
Una hormiga armada con cien puñales recorriendo mi espalda.
El temblor de mis manos.
La certeza de saber tu mirada clavada en mi nuca.




Victoria Mera.

La palabra fue dicha.

La palabra fue dicha,
así como el llanto,
el olvido,
la venganza.

Sólo queda por decir el engaño.
Se revela implacable en tu mirada.
Los poros de tu piel me cuentan más que todas tus
con-versaciones.




Victoria Mera.

Mis fieras.


Aún duermen mis fieras
en tierra de nadie.

Anoche aparecieron en mi cama
para mezclarse conmigo
en un despiste de mi calma.

Demasiada guerra dialéctica,
demasiada guerra verbal.

Permanezco en la trinchera
de mis sabánas,
aguardando un alto al fuego,
la tregua que mis fieras
no quisieron darme.




Victoria Mera.

(Poema publicado en Trece, rumorvisual, 2010)