27/9/12



De repente me da por pensar en que en algún lugar del mundo ahora mismo son las cinco de la tarde. Ni las seis, ni las siete: las cinco. No sé por qué pienso en eso, pero mis ojos se han puesto como los de un búho con la idea. Qué fácil es hacerme feliz con poco, a veces sólo un pensamiento fugaz basta.
El caso es que a las cinco de la tarde es todavía ayer. La conjunción de ese adverbio con esa palabra me produce una especie de placidez que no sé bien cómo explicar: “todavía ayer”. ¿Será eso posible? A estas horas, tan té con pastas, puede que alguien comience su día, ¿por qué no? Y aquí es ya mañana. O acaso es hoy. Relativizar el tiempo, condenarlo a unas manillas de un reloj es una tiranía.
Puede que una señora llamada Gladis se esté poniendo el sombrero para ir a tomar café con sus amigas. O puede que 142 parejas estén teniendo un orgasmo ayer a las cinco de la tarde. Quizás alguien corra apurado porque tenía una cita a las cuatro y media y ya llega tarde. El discurso de qué estará haciendo el resto del planeta en este mismo instante está muy sobrevalorado. Me inquieta más pensar qué les queda por hacer a todas esas personas en donde todavía es ayer. Si lo pienso bien, ahora mismo me encuentro en una especie de limbo temporal. Mavie, pardiez, ¿qué te pasa? Los husos horarios, los trópicos, ya sabes. Sí, ¿pero y la ventaja de que un corazón que late al mismo tiempo que el mío sea todavía y no ya? Qué carajo, es para asustarse.
Por eso lo del reloj, sería más fácil si el tiempo pasara con los latidos, una de sístole, otra de diástole. O al menos a mí esa idea me tranquilizaría más.

13/9/12

David Bowie.

Cuando decidí apuntarme al Taller de Poesía y Relato el año pasado lo hice para forzarme precisamente a escribir más relatos, a tener esa continuidad que la poesía no da (por lo menos a mí).
Tuve la idea de empezar a escribir un libro de relatos cuyo nexo común fueran los viajes (de todo tipo) y que a su vez estuviesen inspirados en canciones.
Escribí un par de ellos, pero la verdad es que lo he dejado algo aparcado...

Este que dejo aquí y que no tiene título aún (vaya enfermedad la mía con los títulos) está inspirada en la canción Space Oddity de David Bowie.


Feliz regreso a la rutina.




Relato sin título (aún)



And I'm floating in a most peculiar way
And the stars look very different today.
                                                                                                           (…)            
Can you hear me, major Tom?

David Bowie – Space oddity



Mi padre murió cuando yo tenía once años. Una noche de verano, nos encontrábamos toda la familia reunida en el salón de casa viendo Casablanca, y de repente, cuando Bogart pronunció aquello de “Siempre nos quedará París”, a mi padre le dio un infarto que lo dejó en el sitio; concretamente en su sillón de cuero marrón. Desde aquella noche, Bogart se convirtió en mi padre. Perder una figura tan importante en esa etapa de mi vida hubiera resultado fatal si el bueno de Humphrey no hubiese llegado para salvarme de un infierno seguro que ningún niño merece. Eric, el chico que por aquel entonces trabajaba en el videoclub de mi barrio, asistió estupefacto a mis idas y venidas a la tienda. En una semana había visto dos veces toda su filmografía. No paré de molestar a mi madre hasta que conseguí que me comprara una gabardina gris y un sombrero. Lo cierto es que debería parecer un fantoche con aquella ropa, pero no me importaba. Yo quería ser un tipo duro, un tipo duro como Rick Blaine. Han pasado veintiséis años desde entonces y aún cuando pienso en mi padre, en mi verdadero padre, la imagen de Bogart fumando un pitillo es lo primero que me viene a la mente. Todavía conservo aquel sombrero, pero ahora sólo lo uso los días en que me siento triste.

-¿Puedes oírme, Tom?

Esa dulce voz sólo puede ser la de Alice. Sí, cariño, puedo oírte, pero algo me hace sospechar que tú a mí no. Soy incapaz de pronunciar ninguna palabra. Por más que me esfuerzo, tan sólo puedo emitir una especie de ruido que no debe ser de este planeta. No sé realmente bien qué está pasando. ¿Por qué he empezado a hablar de mi padre? ¿Dónde estoy? ¿Por qué no puedo moverme? Necesito pensar, rastrear en la memoria en busca de una pista que me aclare por qué esta habitación se parece tanto a la de un hospital. Alice, amor, ¿por qué llevas puesto mi sombrero? Eso sólo significa una cosa: está triste y empiezo a creer que soy el culpable.
De repente se levanta de mi lado y se dirige hacia la ventana. Lleva puesto un vestido negro que desearía arrancarle ahora mismo si no fuera porque no sé exactamente dónde están mis extremidades. Saca un cigarrillo del bolso y se apoya en el alfeizar de la ventana. Sólo puedo ver su silueta, unas curvas que dibujan lo que debe ser el paraíso. Claro que ella y yo iremos al infierno: chica mala, no está permitido fumar en los hospitales. No importa, por ella renunciaría a todas las cielos posibles si me lo pidiese.  
La historia de cómo conocí a Alice es común, tan común como todas las historias de amor. Pasé gran parte de mi juventud en Milwaukee. Fui un buen estudiante, algo tímido y ausente. Quería ser algo en esta vida, llegar lo más lejos posible. Un día, cuando tenía unos trece años, decidí que quería ser astronauta. Nadie puede llegar más lejos que a la luna, pensaba por aquel entonces. Ahora me doy cuenta de que hay caminos más difíciles que los que llevan al espacio, como por ejemplo, los recorridos que esconden las piernas de Alice. Podría perderme en ellas una y otra vez. El caso es que cuando le conté a mi madre que había decidido surcar galaxias y planetas, a ella le dio un ataque de risa.
- No digas tonterías, hijo. ¿Por qué no estudias Derecho como tu padre?
Qué sabrá mi padre de leyes. Mi padre es un tipo duro, capaz de luchar contra una invasión de extraterrestres si se lo propone. Cuando cumplí dieciocho años me matriculé en Ingeniería aeronáutica. Aprobé los tres primeros cursos sin apenas darme cuenta. Todo iba a la perfección. El problema llegó cuando en cuarto curso tuvimos que realizar unas clases prácticas. Ahí fue cuando descubrí que sentía auténtico temor a volar. Los compañeros de clase, y lo que es peor, los mismos profesores, me miraban con una mezcla de compasión y mofa. Yo no podía hacer otra cosa que sudar. ¿Cómo pretendía ser un astronauta, cómo quería llegar yo a la luna si ni siquiera era capaz de meterme en una cabina de simulación de vuelo sin perder el aliento?
Salí de aquella clase corriendo. Eran las ocho de la tarde y la noche se reflejaba en los escaparates de las tiendas vacías. Entré en el único bar que encontré abierto. Si en aquella cabina de simulación era incapaz de respirar, casi pierdo el conocimiento cuando descubrí por primera vez a Alice: ella era la camarera de aquel antro. Llevaba una melena larguísima, morena y lisa, justo como ahora. El contorno de sus pechos se adivinaba por debajo de una camisa blanca casi transparente y yo tan sólo podía pensar que, viéndolos en ella, los vaqueros debían ser el mejor invento de este siglo.
Tras dos copas de whiskey, servidas por ella con cierta indiferencia, Alice se acercó a mí:
- Sé que no te conozco de nada, pero me gustaría invitarte a otra copa. ¿Puedo sentarme contigo?
Lo cierto es que el bar estaba prácticamente vacío. Al otro lado de la barra, un hombre de unos sesenta años que debía llevar más años allí que el propio bar fumaba sin cesar mientras jugaba en una máquina tragaperras.
- Cuéntame qué te pasa. Si no le cuentas tus penas a un desconocido, ¿a quién se las vas a contar?
Tenía razón. ¿A Humphrey?, ¿a mi madre? Venga ya, los dos se reirían de mí.
Así que, extrañamente, le conté mi vida a aquella desconocida. Le hablé de mi padre, de mi sombrero, de los kilómetros de distancia que nos separan de la luna. Le expliqué todo lo que había sucedido aquella tarde y cómo mi sueño de viajar por el espacio se había roto en pedazos en aquella cabina.
- Miedo a volar, ¿eh? – dijo Alice. No me parece tan grave. Hay quien tiene miedo a mantener los pies en la tierra.
Después de cuatro whiskeys más salimos de aquel bar. Estuvimos hasta el amanecer sentados en un banco de un parque. Alice me habló de ella, de sus miedos y sueños, de una gata de angora llamada Molly y de Montmartre. Era pintora y su sueño siempre había sido ir a París y perderse entre aquellos artistas callejeros por unas horas.
-¿Vendrías conmigo? – preguntó.
- Iría al fin del mundo contigo- contesté.- Lo malo es lo de los aviones, ya sabes. Y la verdad es que a mí no me gusta nada París, por aquello de Casablanca. ¿Te he hablado de Humphrey?
Desde esa misma noche, dejé de asistir a las clases de la Universidad. El bar donde trabajaba Alice se había convertido en mi mejor aula. Pasaba las horas sentado en un incómodo taburete, observando absorto cómo ella lidiaba con viejos borrachos y con bebidas que yo ni si quiera era capaz de pronunciar. Lo que más me fascinaba era verla pasar la bayeta por la barra. Había algo de mágico en los movimientos que realizaba, su cuerpo se retorcía como una serpiente que está a punto de atacar y yo sólo deseaba ser su víctima. Lo cierto es que una noche, aquella serpiente decidió clavar sus colmillos en mi cuello y la herida todavía me duele. 
Nos mudamos juntos a Portland. Encontré un trabajo como repartidor que bastaba para mantenernos a los dos, así Alice podía dedicarse a sus cuadros por completo. Éramos felices, si es que acaso alguien sabe exactamente qué es la felicidad. Después de casi quince años juntos, una tarde de noviembre, Alice me dijo que quería ser madre.
- Esto ya lo hemos hablado. Sabes que no quiero traer hijos a este mundo porque no quiero que les pase lo que a mí. No quiero que me ocurra algo y tengan que sustituir a su padre por un actor de Hollywood. Además, ¿sabes lo malos que son los actores de hoy en día? Ya no quedan actores como….
- Déjalo, por favor, no vuelvas a hablarme de él. Siempre con tus miedos – contestó Alice agotada.- ¿Sabes? Voy a acabar con tus miedos, tu miedo a volar, tu miedo a París… y si lo consigo, tienes que prometerme que tendremos un hijo.
- Eso está hecho – contesté sabiéndome ganador de esta especie de apuesta.

La verdad es que no podría estar más equivocado.

- ¿Puedes oírme, Tom?

De nuevo la voz de Alice me saca de mis pensamientos. Sigue a mi lado, no se ha movido. Puedo ver cómo empieza a anochecer a través de la ventana. Intento pronunciar algo, pero es imposible. Tan sólo soy un pensamiento que acabará por desgastarse. Estoy cansado, sigo sin sentir nada, pero un escalofrío recorre lo que debe ser mi cuerpo.

- ¿Puedes oírme, Tom?

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero sé que he estado durmiendo y que he soñado con los motivos que me llevan a esta fría habitación de hospital. Ahora lo recuerdo todo.
Una tarde, al regresar del trabajo, Alice vino corriendo hacia mí y me dijo:
-Tengo una sorpresa, pero tienes que tener los ojos cerrados.
Me condujo hacia el patio de la parte trasera de casa. Prometo que no veía nada, de haberlo hecho, hubiese salido corriendo de allí. Una vez en el patio, Alice me instó a abrir los ojos.
- ¡Tachán! – gritó emocionada.
Allí estaba, la torre Eiffel tamaño edición de jardines. Lo había preparado todo con su amigo Vincent, un loco escultor venido a menos. Entre los dos, no sé bien cómo, habían construido una especie de torre de unos nueve metros que quería parecerse a la torre Eiffel. Estaba hecha con cañerías, hierros y demás escombros que seguro habían sacado del taller de Vincent.
El caso es que me dio la risa floja. Qué más podía hacer. Tenía mérito lo que habían hecho por mí, pero no sabía muy bien a dónde querían llegar.
- Oh la là!, bienvenido a París – dijo Vincent tratando de simular el acento francés.
- Así es – añadió Alice. – Primer miedo superado: estás en París. ¿Quieres saber cómo superarás el miedo a volar?
- La verdad es que, técnicamente…
- Oh, no lo estropees – dijo Vincent molesto.
Alice regresó de la casa ocultando algo en su espalda.
- Tengo dos cosas para ti –dijo entregándome el secreto que escondía.
Al principio no supe bien qué eran aquellos objetos ni que relación guardaban entre sí: una especie de casco enorme y una bolsa que contenía algo con telas de colores.
- Es una escafandra – dijo Vincent orgulloso. – Alice me pidió que la hiciera para ti.
- ¿Y esto es…? – pregunté.
- Es…. ¡un paracaídas! – gritó Alice saltando de alegría.
Su idea era la siguiente: tenía que ponerme la escafandra, el paracaídas y subir a lo alto de la torre Eiffel que habían instalado en nuestro jardín y que debía ser la comidilla de nuestros vecinos, y una vez allí, saltar. Así, en palabras de Alice, conseguiría superar mis dos grandes miedos: el miedo a volar y el miedo a París y ella, a cambio, lograría ganar la apuesta.
Los dos saltaban como locos a mi alrededor, estaban realmente excitados y contentos con su fantástica idea. Yo no podía parar de temblar. Como aquella tarde en cuarto de carrera, cuando entré en esa cabina y mi cuerpo no hacía más que sudar. Sentí un escalofrío y ya no recuerdo nada más.

- ¿Puedes oírme, Tom?

El caso es que siempre fui bastante inteligente y sé atacar cabos. Supongo que salté y que el salto me ha hecho aterrizar en esta cama. ¿Qué es lo que salió mal? No lo sé, quizás cedió aquella estructura que pretendía ser la Torre Eiffel, quizás falló el paracaídas, quizás me desplomé cuando me contaron su idea. Aunque eso no explicaría por qué soy incapaz de sentir mi cuerpo. Está claro: salté. He conseguido volar, Alice, ¿me oyes? No, no puede entrar en mis pensamientos. En este momento, Alice saca una libreta del bolso y escribe algo. Después coloca la nota ante mis ojos y alcanzo a leer: “Estoy embarazada”.
Quisiera poder abrazarla, decirle que en realidad nunca tuve miedo a ser padre si era ella quien fuese la madre de mis hijos. Pero ella ya lo sabe. Era tan consciente que por eso había dejado de tomar las pastillas anticonceptivas sin decirme nada. Yo también lo sabía. Con eso no contabas, ¿eh Alice?
Sigo cansado, no noto mi cuerpo pero parece que estoy flotando. Miro tras las ventanas y el brillo de las estrellas se me antoja diferente hoy.
Me gustaría poder decirle que no me arrepiento de nada, que seguiré su rastro a través del firmamento con una escafandra que lleve su nombre y que iré a conquistar planetas para que habiten nuestros recuerdos.
Eso sí, tienes que prometerme que no dejarás que nuestro hijo tome como modelo a uno de esos actores de ahora. Son tan malos… ¿Qué te parece David Bowie? Háblale de él. Háblale de su otro padre, el astronauta que un día saltó desde la torre Eiffel. Volvería a hacerlo. Volvería a saltar.
¿Quién no saltaría por ella?