25/3/13

Las estaciones tienen la fea costumbre de llorar. Sobre todo las estaciones de autobuses. Me gusta cuando las dársenas (curiosa palabra ésta) se convierten en canales de Venecia. Litros y litros de agua salada manando de los pasajeros, de maletas llenas de ida, de billetes sin vuelta.
Cuando por megafonía una voz mecanizada anuncia un destino cualquiera es mejor ponerse el chubasquero, apearse tras el paraguas y esperar a que el aluvión nos envuelva, porque la tristeza siempre acaba por salpicarnos.
Hay gente que además de contratar el seguro de accidentes, paga también por un seguro de lloros porque saben que será inevitable no contribuir a esa inundación salada que tanto gusta a los revisores, pues siempre es más grato colocarse el chaleco salvavidas y extender la mano desde la góndola para pedir los billetes.
Sólo los valientes suben al autobús casi desnudos, pero lo que no saben es que cuando el sol de invierno atraviese los cristales de la ventanilla golpeándoles en el mismo centro de la felicidad o en lo más profundo de algún echar de menos acabarán también por soltar alguna lágrima. Es mucho peor cuando esto ocurre ya sobre ruedas, porque no se puede compartir. Es un llanto silencioso, tímido y solitario como las señales de tráfico que nos indican que estamos más cerca o más lejos, depende de la continuidad de las lágrimas, depende del ángulo que alcance el esbozo de sonrisa.

22/3/13



Una hormiga se pasea por el libro abierto de Henry Miller deteniéndose por un instante en la palabra quietud.  Voy siguiendo sus pasos por las líneas por si acaso tratara de decirme algo, como si el libro fuera un tablero Ouija y Miller el médium. Me entretengo unos segundos mirando cómo una abeja rechoncha extrae todo el jugo de la vida a una flor amarilla y para cuando me doy cuenta, he perdido la pista de la hormiga quien, imagino, tendrá mejores cosas que hacer que andar comunicándose conmigo. Me río de mis ocurrencias paranormales y arranco una flor que coloco detrás de la oreja izquierda. Yo también quiero lo mejor de la vida.


9/3/13

Reseña: Francisco Javier Illán Vivas.

Francisco Javier Illán Vivas, director de la revista Acantilados de papel, ha escrito la primera reseña de mi poemario. Estoy muy contenta por sus palabras y, cómo no, tremendamente agradecida . 
 

Palabras capaces de alzar poemas

Victoria Mera
Rutas de vuelo
Ediciones Oblicuas, 2012
La poesía es muchas veces un breve trazo en el papel, casi en el aire. Es, también a veces, la línea, la estela que deja el movimiento, son palabras que nunca están quietas, algo tan sublime que incluso cuesta trabajo comprender su magnitud cuando la tenemos ante nosotros.
Victoria Mera ha pretendido y conseguido acercarse a esa estela del viento en su libro, un breve libro- me gustan los libros de poesía que sean breves-, por que en ellos está la esencia, aunque también el veneno. Y la poesía es sublime, pero puede ser horrenda (ya dijeron otros que no hay nada peor que un poeta malo, pero no es el caso que nos ocupa).
Las dos coordenadas que dividen el libro de Victoria Mera, conducen a ella, y a él, en versos muy personales, en tránsito, viajando, con el aire, en el aire, como esos trazos de la escritura japonesa, breves, emocionantes en sí mismos, en el momento de plasmarlos sobre el pergamino, en el momento de ver cómo nacen.
Berlín, París, Roma, Grecia, África, Granada... un mundo recorrido en los poemas, en ese bello poema pendiente, en ese verso que la poeta reclama como debido, y que me ha parecido un preciso resumen del libro que os presento esta semana.
Bésame, como dice la canción,
bésame mucho.
Quizás no vayamos a morir mañana
pero, por si acaso,
dispárame tus besos,
no te guardes ni uno sólo en la recámara.
 
Francisco Javier Illán Vivas. 

8/3/13

Las ventas de mi libro, esa extensión voladora de mí misma que tengo ahora, no van nada mal. Esta escribidora está feliz. Aunque claro, vaya usted a saber qué es ir bien y qué es ir mal.
Pero a mí ya me compensa toda la gente que ha mostrado interés por mí (por mis versos), que lo ha comprado, leído, compartido y disfrutado.
Y lo mejor de todo es que aún nos queda mucho por volar.
¿Volamos? Alto, alto...
Gracias a todos.