6/9/14

Volar contigo había sido siempre un ejercicio de alto riesgo. El día que se nos quedó enganchado el paracaídas en la lámpara de tu dormitorio casi morimos de risa. El riesgo no se traducía en miedo a que nos pasara algo y que sin querer chocásemos contra la alfombra en un aterrizaje forzoso. Dolor, risas, ¿estás bien? Uy, casi lo logramos. El riesgo era que en uno de nuestros saltos, se desprendiesen los nudos que nos ataran y quedásemos volando solos, sin frenos ni prismáticos, en los cielos de tu habitación. Te escribiría, amor, ya lo creo que lo haría. Te mandaría cartas escritas en aviones de papel que volarían hasta ti. Te buscaría, de estantería en estantería, debajo de tu cama, en algún cajón. Cuando por fin te encontrase, te besaría los párpados y te ataría tan fuerte a mi cintura que estoy segura de que la próxima vez que volviésemos a volar no habría accidentes en los que perderte. Pero quién sabe, siempre nos gustaron los deportes de riesgo y el caso es que perdernos y encontrarnos en la misma habitación es una reconciliación tan nuestra que esta noche estoy dispuesta a saltar de nuevo. ¿Me das tu mano?